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Hilanderas y gatas

(El placer femenino es clitórico, págs. 165-168)

“el primer movimiento de la hilandera es, como decían las lápidas romanas y hacen las viejas del refrán, hacer lana (lanam feci; poco a poco hila la vieja el copo). Hacer lana es un atento y delicado movimiento de los dedos de la mano de la hilandera escogiendo, manejando y torciendo un copo del vellón de la lana esquilada hasta dejarlo preparado para el huso. Es un movimiento que remite al placer clitórico. Lo vi y entendí contemplando la fotografía de una mujer mayor indígena, creo que de los Cerros Tucumanos, que lo hacía sentada a la puerta de su casa como quien hace algo a un tiempo sensual, ancestral y sagrado; me detuve intrigada, preguntándome por qué me habría mandado esa foto precisamente una monja que viajaba por allí.

Hace poco volví a ver con una amiga, Ana Barrero, en el Museo Nacional del Prado, el cuadro “Las Hilanderas” de Diego Velázquez, pintado hacia 1657, cuando Sor Juana Inés de la Cruz era niña y María Luisa Manrique de Lara era menina de corte precisamente de la infanta Margarita de Austria, hija de Mariana de Austria y protagonista del cuadro “Las meninas” pintado, al parecer, poco antes (1656). Me impresionó profundamente la presencia de la sustancia clitórica de Malis y de Aracne en el cuadro, conocido también como “La fábula de Aracne”. En un plano, el menor y menos visible, el del fondo, está el patriarcal tapiz de “El rapto de Europa”, obra cuyo aburridísimo contenido –la violación de una mujer por un hombre, en una versión ridícula– sorprende que tantos sigan repitiendo sin rubor. Dos pintores famosos en el pensamiento del pensamiento habían pintado esa escena en la corte de la Casa de Austria en Madrid, donde Velázquez trabajaba. Él la recoge, pero en su cuadro las protagonistas son las hilanderas, como si él siguiera inspirándose en las fuentes de su infancia, como si pintara guardando fidelidad a la lengua materna y a la autoridad femenina aprendidas de su madre en su Sevilla natal. Porque el resto del cuadro es, en mi opinión, femenino libre.

En el centro del fondo del cuadro, todavía dentro del ábside rectangular, tapando en parte el tapiz que hace de fondo, está Malis / Aracne, llena de luz, y a su derecha una figura de espaldas cuyo casco indica que es Atenea o Palas Atenea (luego Minerva). Están las dos en la escena previa a la venganza de la diosa, cuya propia envidia la delata como inferior a la mujer de Lidia, la hilandera prepatriarcal, signo de la mujer clitórica. A partir de ahí, el cuadro obviamente no trata de una escena “laboral” insignificante de las trabajadoras de la Real fábrica de tapices de Santa Isabel o de la que fuera, sino del Mundo femenino que el patriarcado no ha conseguido nunca destruir. El conjunto alcanza así una riqueza y una capacidad evocadora y sensual increíbles.

A la derecha del ábside, una chica de atuendo aristocrático de tono rosado se gira hacia las Hilanderas y con su mirada unifica las dos partes del cuadro, comunicando a Malis / Aracne con las Hilanderas del siglo XVII. Ya del todo fuera del ábside, en la composición principal del cuadro, están las herederas y sucesoras de Malis / Aracne. Son cinco mujeres en el proceso de hacer lana, de hilarla y de devanar y concretar, ovillándolos, los hilos finos e infinitos del Destino. En el centro, sentada, una mujer joven inclina el brazo derecho acercando la mano al vellón de lana esparcido por el suelo, vellón que es referente del pubis femenino, a punto de seleccionar un copo. A su derecha, una mujer más mayor, vestida de negro y tocada con un gran pañuelo blanco, se inclina hacia una joven que se le acerca desde detrás de un telón como quien va a darle una noticia o un mensaje. La Hilandera lleva el huso en la mano izquierda y tiene delante la rueca. Enseña con mucha luz su pierna izquierda, desnuda desde la rodilla hasta el pie descalzo. Detrás de su pierna, una gata. Se sabe bien que la gata estaba asociada, en la cultura antigua de Egipto, con la Luna. Estaba consagrada a la diosa Isis, nombre griego de la diosa egipcia Ast, Diosa Madre sin coito, diosa-trono y maga por excelencia, y sobre todo a Bast o Bastet, representada habitualmente como gata o con cabeza de gata (a veces de leona), protectora de las madres sin coito. En el habla corriente de la lengua inglesa, pussycat es un modo afectuoso de llamar a la vulva y a la niña.”

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