Los Días de las Madres Vírgenes

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Los Días de las Madres Vírgenes

Te invito a celebrar los días de las madres vírgenes contemplando una imagen preciosa: la de María y Elisabeth, dos mujeres clitóricas que conciben y dan a luz cuerpos sin coito y conceptos sin falo, todo a la vez, sin separaciones, como cualquier otra mujer que lo desee intensamente. Ellas se abrazan a cuatro manos apoyando una en el vientre de la otra. Y funden sus cabezas. María lleva en la cintura el cíngulo o cinta alta propia de la embarazada. En su mano izquierda un libro se confunde con la muñeca de su prima.

La imagen procede de un fresco del siglo XIV del monasterio de dominicas llamado “Matris Domini” (Bérgamo, Italia).

Para disfrutar mejor su misterio, te propongo a leer este fragmento:

“La Visitación de María de Nazaret a su prima Isabel es el misterio del encuentro amoroso entre dos mujeres: dos mujeres embarazadas sin coito que van a dar a luz a dos grandes hombres, una al Mesías, la otra al precursor. Es un misterio de culto antiquísimo en cuya devoción se han inspirado infinidad de mujeres clitóricas. El placer femenino está expresado una y otra vez, sobre todo en el arte románico y gótico, por el abrazo y, en él, por la intensidad de las manos de las dos mujeres, con frecuencia muy grandes, una puesta en el vientre, la otra en los senos y el corazón de la amiga. Recuerdo, hablando una vez en una casa de una orden religiosa, quizás la Compañía de María, una antesala con la pared repleta de pequeñas reproducciones de decenas y decenas de Visitaciones de todos los estilos, materiales y épocas. La fuerza expresiva del conjunto era casi insoportable. En todas, la concepción de cuerpos sin coito era obvia, pues ese era el misterio celebrado. La concepción de conceptos sin falo se manifestaba en la fecundidad de la interlocución exclusiva entre mujeres que propiciaba el encuentro mismo entre ellas dos, una instancia de lo que he llamado la potencia significante de las relaciones del mismo sexo, que las imágenes transmitían. ¿Por qué? Porque de mil maneras indicaban a la mujer que mira que no hay límites a su capacidad de infinito, a su capacidad de expresión, cuando la violencia hermenéutica está ausente porque no entra siquiera en juego, estando ausente el contrato sexual, como sucede entre monjas.”

(“El placer femenino es clitórico”, p. 183-184).

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