¿Qué será lo que no se entiende de «El final del patriarcado»?

Fin Patriarcado rect

A los hombres de hoy todavía les cuesta entender el final del patriarcado. No saben ponerse en juego, verse sin estereotipos. Hace dos años, una editorial de Madrid quiso publicar como libro el documento de la Librería de mujeres de Milán «El final del patriarcado. Ha ocurrido y no por casualidad.» Pero ante mi traducción, pusieron todo tipo de objeciones diciendo que el español no se entendía. Y lo corrigieron, de tal modo que salía otro texto, un texto muerto. Lo mismo con el prólogo que escribí para valorar el efecto del cuarto de siglo transcurrido desde 1996. El libro no se publicó.

Te invito hoy a leer ese prólogo.


Lo increíble del final del patriarcado
María-Milagros Rivera Garretas

El final del patriarcado es una obra política increíble en el sentido más puro del uso común de la palabra increíble, que no significa no creíble sino admirable y asombrosamente creíble. Esto es así por lo que la obra tuvo en su día y sigue teniendo hoy de precursora, de adivina, de mántica. Todavía hoy la opinión corriente parece resistirse a asociar el colapso persistente de mucho de nuestro antiguo modo de vida con el final del dominio de las mujeres por los hombres, por decirlo crudamente, a pesar de que muy pocas de nosotras nos sentimos ya oprimidas por ellos. Es verdad que nos siguen maltratando y asesinando, pero íntimamente sabemos que este horror indiscutible es más prueba de debilidad que de fuerza, de incapacidad masculina para reconocer el estado actual de su propia situación: sabemos que es más responsabilidad de las fuerzas de seguridad que nuestra.

Leyendo este verano el relato estremecedor de una joven mujer italiana, Katia M., del incesto sufrido a manos de su padre entre los cuatro y los dieciséis años de edad, he percibido en ella una fuerza y una seguridad en su sentido de la justicia y la injusticia, a pesar de tenerlo todo en contra, también a la madre y a la abuela, que me han llevado a asociarlo precisamente con el final del patriarcado. Katia M. denunció a su padre en 1995 y se mantuvo firme, a pesar de la madre, del escándalo y del resto de la familia y las amenazas y coacciones del padre, durante el juicio y demás apelaciones a la sentencia que siguieron, sentencia que ella consiguió, diciendo la verdad, que fuera declarada firme una y otra vez. Y lo hizo sencillamente porque sentía y sabía en lo más profundo de sí que lo que su padre hacía no se hace, es de la índole del mal sin paliativos, y era justo que fuera condenado y cumpliera su condena, no por venganza sino en honor a la verdad. Ella contribuyó así al final del patriarcado y, sin estar en el movimiento feminista, dentro de sí lo sabía porque el patriarcado había terminado en ella.1

La primera noticia del final del patriarcado y la redacción del texto que lleva este título, son precisamente de 1995. El número 23 de la revista “Via Dogana”, de la Librería de mujeres de Milán, de septiembre-octubre, se tituló “La fine del patriarcato”. En la página 3, Luisa Muraro escribió un artículo titulado Salti di gioia (Saltos de alegría) en el que decía: “estos son los tiempos del final del patriarcado, después de cuatro mil años de historia y quién sabe cuántos de prehistoria. ¡Ha acabado! ¡Ha acabado! ¡Ha acabado! Quizás no sea esta la forma precisa de vuestro pensamiento y puede ser que no sea este vuestro pensamiento, pero si le hacéis sitio, además de encontraros con un tímpano más para los miles de discursos sobre nuestro tiempo, le daréis un cobijo simbólico al cuerpo femenino, sin el cual me temo que no hay límite a la prevaricación”.

La quintaesencia de todo El final del patriarcado, que fue publicado como número suelto de la revista no periódica “Sottosopra” en enero de 1996, sigue siendo para mí, a tantos años de distancia, precisamente esa: el darle un cobijo simbólico al cuerpo femenino permitiendo la entrada en nuestra cabeza, cada cual en la suya, del pensamiento que dice que el patriarcado ha terminado.

Es un caso de política de lo simbólico, como las autoras de la Librería de mujeres de Milán insisten a lo largo de todo el texto. Se trata de dejar que entre en mi sentir propio, sentido nuevo y radical que me parece a primera vista increíble y peligroso, y hacerlo precisamente por eso, porque me parece increíble y resulta peligroso. Muchas veces, el sentir propio originario está preparado para recibir lo impensable aunque no nos demos cuenta, aunque la conciencia no responda. Se trata de darle siempre, si es posible, a lo impensable, esta oportunidad. Y ver qué pasa. Porque el sentir, como el deseo, son fuerzas independientes que actúan a su manera a pesar de todo.

Recuerdo, de agosto de 1995, un mes antes de la publicación de ese número 23 de la revista “Via Dogana”, una cena de unas diez o quince amigas de Duoda en un reservado del Hostal del Pintor de Barcelona, recibiendo a carcajada limpia la noticia del final del patriarcado que nos dio Clara Jourdan cuando le preguntamos por lo que estaban pensando políticamente en la Librería de mujeres de Milán en ese momento. Como ella siguió seria y nos lo explicó un poco más, tardamos solo un rato en acoger la revelación increíble. No todas, es cierto, y la publicación de la traducción en la primavera de 1996 produjo una ruptura muy grande entre feministas en general en España, que persiste en parte: una ruptura entre quien pudo y quien no pudo creer en el acontecimiento no casual del final del patriarcado.2 Ocurre que las cosas por las que luchamos se presentan, a veces, en la vida de un modo distinto del que esperábamos, y no las reconocemos. Sin olvidar tampoco que –según decía Emily Dickinson– “Fe es Duda”. En este sentido, es muy divertida la portada de “Via Dogana” 23: a la derecha del título “La fine del patriarcato” está el dibujo de una nube en la que están sentados Dios padre con su barba blanca y Dios hijo con su corona de espinas y su cruz, mirando incrédulos al Espíritu que huye de ellos volando en la forma de las tres aves (dos doradas y una blanca) de las Tres Madres de la Trinidad femenina de las religiones mediterráneas prepatriarcales: la abuela, la madre, la hija.

¿Y qué es el Espíritu que abandona al Padre y al Hijo? Es el crédito femenino. Sin él, el patriarcado no puede seguir vivo. El texto empieza precisamente así: “El patriarcado ha terminado, ya no tiene crédito femenino y ha terminado. Ha durado tanto como su capacidad de significar algo para la mente femenina. Ahora que la ha perdido, nos damos cuenta de que, sin ella, no puede durar. No se trataba, por parte femenina, de estar de acuerdo. Se han decidido demasiadas cosas sin o en contra de ella, leyes, dogmas, regímenes de propiedad, costumbres, jerarquías, ritos, programas de estudio… Era, más bien, un hacer de necesidad virtud. Pero que ahora ya no se hace, ahora es otra época y otra historia; tanto, que lo que se decidió sin y en contra de ella, se ha vuelto caduco, como si la hubiera obedecido siempre a ella. ¡Qué raro! Pero ¿vale, quizá, para las relaciones de dominio, lo mismo que para el amor, que hace falta ser dos?”

En los últimos cincuenta años, las mujeres hemos cambiado muchísimo más que los hombres, que ni siquiera han sabido darse por enterados, colectivamente como sexo masculino, de lo que les estaba pasando. Por eso tiene sentido, y mucho, el publicar una vez más este texto. A los hombres les interesa y les conviene enterarse de lo que ya ha sucedido; a las mujeres nos interesa también porque –prosigue el texto– “Ahora a ella ya no le va, ya no es la misma: ha cambiado, como se suele decir. Pero no dice lo suficiente. Porque no se trata de un cambio cualquiera”. No decimos lo suficiente, no hemos dicho lo suficiente en los últimos veinticinco años. Y lo que ha ocurrido es enorme.

¿Por qué no decimos lo suficiente? Quizás porque el patriarcado era un sistema tan consolidado y con una cantidad tan grande y complicada de ramificaciones en casi todos los ámbitos de la vida, que el alma femenina tiene miedo a volar, a escabullirse. Ha estado sometida durante demasiado tiempo a la violencia hermenéutica, violencia que había conseguido naturalizar el dominio machista. ¿Tiene miedo el alma femenina de que se le caiga todo encima? ¿Tiene miedo de la intemperie que hay casi siempre fuera del sometimiento? Nos toca a las mujeres decirlo.

La respuesta que da el texto es la autoridad femenina. Es una respuesta iluminadora y segura, pero reconozco que, al menos en el feminismo que vivo de primera mano, está resultando difícil de practicar. Es inmediatamente aceptada como figura salvífica pero no toma cuerpo, se interpreta de mil maneras y –diría– se escabulle. No acaba de independizarse del poder, de la objetivación que el tener el poder en la cabeza y en la costumbre cumple con todo lo que toca, cristalizándolo. Pero la autoridad es una cualidad de sentido, una cualidad simbólica: tiene que moverse, que circular, que ser generada por una y reconocida por otra para existir. Entonces genera más y se acumula, pero no como las cosas numerables sino dando existencia y consistencia a innumerables cosas, a todo lo que toca, sin consumirse. Cuesta mucho entender lo que no pasa por los caminos conocidos del consumo. Pero son estos los caminos de la vida del alma, los que permitirán, por tanto, decir más y decirlo todo sobre el final del patriarcado, convertirlo en expresión común y medida corriente de la realidad. Es esto, en mi opinión, lo más importante que queda por hacer del final del patriarcado: contrastarlo todo continuamente con la medida de esta caída: el mercado del trabajo, el mercado del dinero, el mercado inmobiliario, la política sexual, las relaciones incluidas las más íntimas, la cultura, la corrupción, la guerra, la violencia, lo que llaman educación, lo que llaman política y aquí se llama política segunda no porque haya dos sino porque viene en segundo lugar, y así sucesivamente.

Entonces ¿empezará de verdad y abiertamente la Era de la Perla? Creo que sí, porque para algunas empezó hace ya tiempo, si es que alguna vez dejó de empezar. Empezó, por ejemplo, para Emily Dickinson en la primera mitad del siglo XIX y vivió en ella el resto de su vida. Lo dice en su poema 716:3

Conchas de la Costa por error –
Yo las acaricié a pesar de Todo –
Aconteciendo una Eternidad Después
Que agasajé a una Perla –

Por qué tan tarde – murmuré –
Mi necesidad de Ti – Se ha cumplido –
Por esto – respondió la Perla –
Empieza mi Era

Hay, ciertamente, hoy una parte importante del final del patriarcado que ya está cumplida. Lo digo porque durante la primera mitad del tiempo que lleva anunciado, en clase no se podía mencionar ese acontecimiento sin que provocara un revuelo y un rechazo inmediatos, como si estuviera medio loca la que lo decía. En cambio, en la segunda mitad, la cosa ha cambiado y deprisa, como cambia lo simbólico. Ya hace tiempo que nadie dice ¿pero qué dices, mira África, Ámérica Latina, la violencia contra las mujeres, las mujeres asesinadas por sus maridos, exmaridos, parejas y exparejas hombre? Ahora, en cambio, si alguien objeta, que no es lo más común, basta con preguntarle: ¿Tú, tienes un patriarca en casa? Y si lo tienes ¿lo vives como algo normal o natural, o lo vives como una injusticia? La modificación de la conciencia y del sentir es inmediata.

Se nota que el mundo está lleno de hijos e hijas de las feministas o de mujeres influidas por el feminismo. Son, en mi opinión, ellas y ellos quienes verdaderamente han cambiado en términos de patriarcado. Los hombres mayores, que no lo eran cuando fue publicado este texto en enero de 1996, han cambiado muy poco o nada, aunque todavía están a tiempo. Pueden hacerlo ahora.

1 Katia M., Fai la brava. Se il mostro delle favole è mio padre. Milán, VandA edizioni, 2020.

2 Librería de mujeres de Milán, El final del patriarcado. Ha ocurrido y no por casualidad, «El viejo topo» 96 (mayo 1996) 46-59 (parcial) y Barcelona, Llibreria Pròleg, 1996 (completo). Reeditado en Eaed., La cultura patas arriba. Selección de la revista ‘Sottosopra’ (1973-1996), Madrid, horas y Horas, 2006, 185-225. Para esta edición he revisado la traducción modificándola cuando el uso de alguna palabra ha cambiado con el paso del tiempo y ajustándola formalmente al original colgado en www.libreriadelledonne.it

3 Emily Dickinson, Poemas 601-1200. Soldar un Abismo con Aire –, edición bilingüe, prólogo, traducción y lectura de los poemas en español de Ana Mañeru Méndez y María-Milagros Rivera Garretas, Madrid, Sabina editorial, 2013, 194-195.

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